El feminismo y los sacerdotes de la literatura

David Matías

Mario Vargas Llosa dice que el feminismo es hoy «el más resuelto enemigo de la literatura». Que es como decir que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres (véase el diccionario de la RAE) es enemiga de la literatura. Tanto es así que teme que el feminismo pueda llegar a hacerla desaparecer (lo que le desmoraliza aún más que la posibilidad de que Trump desate en cualquier momento «una guerra nuclear que extinga a buena parte de los bípedos de este planeta»).

Esto dice en un artículo nuestro Premio Nobel de Literatura. Y yo digo que tal cosa solo puede sostenerse desde la ignorancia o la malicia. Veamos.

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La literatura siempre ha tenido enemigos. Estoy de acuerdo en que muchos autores y editores desafiantes de la censura y la ortodoxia han ardido en las piras de la Iglesia cristiana, que es a la que supongo que se refiere Vargas Llosa cuando dice «religión», así, en abstracto (desconozco si otros credos como el budismo y el hinduimo también queman a sus disidentes). Pero lo que omite es que la Iglesia también es enemiga de la igualdad de género, que segrega, que, entre otras prebendas, niega el sacerdocio a las mujeres y les impide ocupar puestos de responsabilidad en la alta jerarquía eclesiástica. No en vano, fue una mujer, Eva, la instigadora del pecado original que nos condenó a todas. El autor hispano-peruano tampoco parece querer recordar casos como el de los Juicios de Salem, donde ciento cincuenta personas, en su mayoría mujeres, fueron procesadas y encarceladas por falsas acusaciones de brujería. La comunidad cristiana terminó ahorcando a una veintena de ellas. Según diversos estudios, el número de mujeres quemadas por brujería a lo largo de los siglos (también por la Santa Inquisición) varía entre decenas de miles y varios millones. Por tanto, y porque todo parece indicar que la Iglesia abrasó vivas a más mujeres que escritores, hay que ser muy cínico y tener muy poco respeto por la Historia para tratar de equiparar el feminismo con las instituciones que lo han reprimido (y aún lo siguen reprimiendo), como hace Vargas Llosa en su artículo, titulado, glups, «Nuevas inquisiciones».

«Hay que ser muy cínico y tener muy poco respeto por la Historia para tratar de equiparar el feminismo con las instituciones que lo han reprimido (y aún lo siguen reprimiendo)».

Otro caso de demagogia es el protagonizado por Michael Haneke, dos veces Palma de Oro en el Festival de Cannes. El cineasta austríaco afirma que el movimiento #MeToo se ha convertido en una «caza de brujas»: una nueva ola de «puritanismo» que podría llegar a dañar la actividad creadora. Lo que vendría a ser algo así como acusar a Angela Davis o Martin Luther King de pertenencia al Ku Klux Klan. Pues ¿qué tiene de puritano denunciar el acoso y los abusos sexuales que cientos de mujeres han sufrido, especialmente en la industria del cine, a manos de hombres más poderosos que ellas? ¿Qué tiene de puritano promover, como hacemos las y los feministas, que las relaciones sexuales se construyan solo sobre el deseo mutuo? ¿Saben ustedes quiénes sí eran puritanos? Los jueces que ordenaron ahorcar a las falsas brujas de Salem.

quema de brujas

Pero volvamos al artículo de Vargas Llosa. Enemigos de la literatura fueron también los totalitarismos e incluso, en ocasiones, las democracias, donde, de acuerdo con nuestro Premio Príncipe de Asturias, al menos es posible resistir en los tribunales para convencer a «jueces y gobernantes» del valor de la disidencia y la libertad de expresión. De lo que, sin embargo, no parece acordarse es de que en una monarquía tan parlamentaria como la nuestra ha sido precisamente un ex-gobernante corrupto del Partido Popular quien ha convencido a los jueces para que ordenen secuestrar la Fariña de Nacho Carretero. Me pregunto si el de Arequipa hubiera tomado la palabra para defender la libertad de expresión en caso de que la serie basada en el libro hubiera sido producida por Prisa, el grupo empresarial al que perteneció la editorial Alfaguara hasta 2014 y en la que Vargas Llosa ha publicado el grueso de su obra. En cualquier caso, tampoco se ha pronunciado sobre el valor de la disidencia tras las condenas de cárcel a raperos por injurias a la Corona.

fariña de nacho carreteroAsí las cosas, ¿a quién puede seguir pareciéndole que el más resuelto enemigo de la literatura y la libertad lo encarnan las mujeres que piden igualdad? A nuestro Premio Cervantes solo parece sobresaltarle que la revista TE de Comisiones Obreras haya publicado un decálogo para una escuela feminista en cuyas aulas dejaría de leerse a autores machistas como Pablo Neruda, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte. Es cierto que expresiones como eliminar del temario no son las más políticamente correctas si no se quiere herir la sensibilidad de un liberal, pero en lo que sí deberíamos estar de acuerdo es en que, al menos, los dos últimos no deberían figurar en ningún currículum escolar: no por machistas, sino por mediocres. Ni Marías, epígono de Thomas Bernhard, ni Pérez-Reverte, anclado en las formas de la novela de aventuras del siglo XIX, parecen representativos, ni de lejos, de la mejor producción literaria de su tiempo, que es la que aspira a transmitir cualquier canon educativo. De hecho, estoy convencido de que, con el tiempo, cuando haya cesado el ruido mediático con que el Grupo Prisa ampara a los dos autores (ambos publican en Alfaguara y en El País, buque insignia del grupo), nadie se acordará de Pérez-Reverte por sus novelas, sino por haber contribuido a divulgar el término feminazi, ese insulto acuñado por un periodista estadounidense, hoy fan de Trump, con la intención de equiparar el aborto con el holocausto judío. Esa será la mayor aportación a la RAE de nuestro reportero, sentado en uno de esos sillones que mujeres como María Moliner nunca llegaron a ocupar, por más que su diccionario siga constituyendo hoy uno de los regalos más raros y desinteresados jamás hechos a nuestra lengua.

«En lo que sí deberíamos estar de acuerdo es en que ni Javier Marías ni Pérez-Reverte deberían figurar en ningún currículum escolar: no por machistas, sino por mediocres».

Pero me temo que tampoco nombrarán académica a Laura Freixas por su artículo sobre Lolita. Si prestamos atención, aún podremos oír a Vargas Llosa alegando que, en virtud de la lectura que hace la escritora, «no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración». Pero lo cierto es que Freixas no pretende quemar ningún libro. Al contrario, puesto que «el mal existe y el arte debe reflejarlo», recomienda leer la obra de Nabokov, «sí, porque es una gran novela» (cosa que afirma dos veces). Pero también «analizarla. Criticarla. Usarla para entender cómo el patriarcado manipula en su beneficio, y para nuestra desgracia, la cultura». Contrastarla con otros textos y otros puntos de vista. «Cualquier cosa, en fin, menos sacralizarla». Por más que los releo, la propuesta y los argumentos de Freixas no dejan de parecerme impecables.

«Por más que los releo, la propuesta y los argumentos de Freixas no dejan de parecerme impecables».

Sin embargo, tras el artículo de la fundadora de Clásicas y Modernas, El País ha publicado una larga lista de respuestas firmadas por hombres que, usando el tema de la censura y el feminismo como cebo de clics, han intentado entablar debate con Freixas. Cuando, en realidad, lo único que han conseguido ha sido reafirmar las posiciones previamente marcadas por el diario. Una estrategia editorial que encuentra una de sus máximas expresiones en las provocaciones machistas de Javier Marías, que cada domingo consigue que, aunque sea con la intención de rebatirlas, cientos o miles de feministas lean sus columnas, lo que aumenta el hype y, con ello, los ingresos de El País. Uno de los intentos más burdos de tergiversar las palabras de Freixas ha sido el de un colaborador del diario que, después de presumir de tolerante y feminista, pregunta al lector si advierte el tono «autoritario y taxativo» de la escritora catalana. Su pensamiento, afirma, «parece estar dominado por una irrefrenable necesidad: la de imponer un único sentido a esa obra llamada Lolita». Y todo porque, continúa, Freixas dice que el libro de Nabokov «debe» ser leído y analizado para entender cómo funciona el patriarcado. Nada más lejos de la realidad. El texto de Freixas no solo es un ejercicio de empatía con quienes no piensan como ella y, desde su mismo título, está sazonado de preguntas y alternativas, sino que además no contiene tales expresiones de obligatoriedad. Es en el subtítulo del artículo donde se usa la expresión «la obra debe ser leída», pero, como cualquier estudiante de periodismo sabe, no es la autora de la columna quien decide el subtítulo, sino el propio periódico.

En definitiva, lo que nos pide Vargas Llosa es que no juzguemos los textos literarios ni por su ideología ni por su ética, sino solo por su estética: por su calidad, ahora sí, «literaria». Como si los discursos culturales no contribuyeran a modelar el modo en que nos comportamos en sociedad. En algún momento de Todo modo, la novela de Leonardo Sciascia, el padre Gaetano cita a Cristo delante de una congregación de ministros, banqueros e industriales católicos: «no juzguéis», les dice, «para que no seáis juzgados». Me sugiere Lidia Gómez que, asustado por la triunfante demostración de fuerza del 8M, lo que quizá más tema Vargas Llosa es que el feminismo logre otra sociedad donde novelas y poemas dictados por los prejuicios de la actual ideología dominante dejen de ser premiados y sacralizados. O, lo que aún es peor, donde caiga un espeso velo de indiferencia y olvido sobre todos esos premios ya otorgados, cesando así el lucrativo negocio que tantos grupos editoriales han encontrado en el machismo. Y eso sí que da miedo.

EFE.

Esa suspensión del juicio, ese cese de la razón y del análisis crítico, esa profesión de fe en la naturaleza salvífica de la literatura que nos exigen sus sacerdotes no representa nada nuevo. Al contrario, se corresponden con las viejas proclamas del arte por el arte y la deshumanización vanguardista. «Hágase el arte», nos dicen el fascismo y sus poetas, «aunque perezca el mundo». A lo que, haciendo nuestras las famosas palabras de Walter Benjamin, el feminismo responde con la politización del arte y la literatura.

Porque lo importante no es que los prejuicios de Vargas Llosa y sus correligionarios coincidan, oh, casualidad, con los de la ideología dominante. De hecho, el artículo de Freixas, publicado casi un mes antes, ya refuta con solvencia las razones que el Premio Nabokov da en el suyo. Lo importante de verdad es que, como no podía ser de otra forma, un autor tan consagrado da voz y al mismo tiempo modela el pensamiento de otros muchos hombres que, como él, gastan sus energías en intentar desacreditar a las feministas «más radicales» en lugar de invertirlas en denunciar las estructuras patriarcales que oprimen al conjunto de las mujeres. Pero, claro, para ello tendrían que ser conscientes de sus privilegios de género (y estar dispuestos a renunciar a ellos). Creo que fue José-Carlos Mainer, aunque también pudo ser Esther Tusquets, quien escribió que los burgueses catalanes que apoyaron a Franco ganaron la guerra como burgueses pero la perdieron como catalanes. Hoy, parece que muchos están dispuestos a alinearse con la causa de Vargas Llosa, Marías y Pérez-Reverte para ganar la guerra como hombres, aunque para ello tengan que perderla como progresistas.

2018-04-11T21:42:46+00:00