La cultura es un río

Eugenio Fuentes

Cuando se cumple un año de la celebración de la I Feria de la Cultura y el Territorio, diseñada y organizada por La Moderna para la Diputación de Badajoz, publicamos la primera parte del discurso inaugural que pronunció el novelista Eugenio Fuentes aquel 1 de diciembre en la Biblioteca Pública Municipal de Montijo. Sus palabras supusieron el disparo de salida perfecto a todo un fin de semana de conferencias y debate sobre literatura, despoblación, memoria democrática y gastronomía, pero también de teatro, cine, música en directo y talleres y cuentacuentos infantiles.

A Eugenio Fuentes (Montehermoso, Cáceres, 1958) lo conocerás por ser el creador del detective Ricardo Cupido, protagonista de una de las series de novela negra española con más proyección internacional. Ha recibido numerosos premios tanto por su labor narrativa como periodística.

Eugenio Fuentes en la I Feria de la Cultura y el Territorio Montijo

1.

El día 4 de noviembre de 2018, domingo, con el titular «Extremadura se ahoga», el diario El País publicaba un reportaje sobre las carencias económicas y sociales que angustian a Extremadura. Con estadísticas demoledoras, hablaba de trenes del siglo XIX, de pobreza, de rentas bajas y de altos índices de paro juvenil, que provocaba la consiguiente emigración.

Una semana después, el 11 de noviembre, el diario HOY publicaba una nueva noticia: el Parlamento Europeo declaraba que había surgido un tercer desierto demográfico en Europa -tras Laponia, por obvias razones climatológicas, y la zona de Teruel-, es decir, una nueva región despoblada en las tierras del oeste peninsular, a la que denominaba «Franja de Portugal», que abarca una extensión más grande que Bélgica y que incluye el extremo sur de Galicia, la parte occidental de las provincias de Zamora, Salamanca y el noroeste de Cáceres. La calificación de desierto demográfico se aplica a las regiones con menos de 8 habitantes por km2.

«El Parlamento Europeo declaraba que había surgido un tercer desierto demográfico en Europa -tras Laponia, por obvias razones climatológicas, y la zona de Teruel-, es decir, una nueva región despoblada en las tierras del oeste peninsular, a la que denominaba «Franja de Portugal»».

Para comprender lo baja que es esa cifra, basta compararla con otras de su entorno: la densidad de España es de 93 hab/km2, la de la Unión Europea es de 116 hab/km2 y la de Holanda es de 397 hab/km2.

La Franja de Portugal se está despoblando, pues, sin que ninguna administración lo provoque, pero sin que tampoco se haga nada por evitarlo. La están dejando languidecer por defecto.

Al margen de este dato, que nos toca de manera tangencial, Extremadura aparece a la cola en todos los índices económicos… ¡Y hasta en la redacción de testamentos de últimas voluntades!

tren extremeño en llamas

Hoy.es

Yo había oído por primera vez hace unos meses el concepto de desierto demográfico, y ahora tecleé las dos palabras en Google: 988.000 entradas. Demasiadas como para no generar un estado de ánimo deprimente, capaz de quitarle a cualquiera las ganas de venir a instalarse o a invertir aquí, porque el término va acompañado de la imagen de una población envejecida y austera que no consume, o que consume poco. Y desde 1714, año en que Bernard Mandeville escribe su brillante Fábula de las abejas, se sabe que el consumo se basa sobre todo en el lujo, en la ostentación, en lo superfluo, en el frenesí de los black friday, asuntos que a la población mayor le resultan indiferentes. No es necesario ser economista ni ser capaz de desentrañar el teorema de Fermat para advertir que el presupuesto básico para la supervivencia –lo que se llama “la cesta de la compra”- no alcanza en el gasto global del comercio un porcentaje tan importante como el que generan el ocio, los coches, los viajes, las vacaciones, la belleza corporal, los ornatos, que son los que hacen tintinear los lectores electrónicos de las tarjetas bancarias.

«Desde 1714, año en que Bernard Mandeville escribe su brillante Fábula de las abejas, se sabe que el consumo se basa sobre todo en el lujo, en la ostentación, en lo superfluo, en el frenesí de los black friday, asuntos que a la población mayor le resultan indiferentes».

En definitiva, la imagen que daban El País y otros medios de comunicación es que Extremadura es como el bolsillo trasero de España, un espacio con buenas materias primas y útil para intermediarios y almaceneros, sí, pero poco rentable globalmente y menos prestigioso que los bolsillos delanteros y, mucho menos, que los altos bolsillos de las chaquetas donde luce bien el pico de los pañuelos.

Como tantas veces se repite, y como Sergio del Molino ha detallado en su magnífico libro La España vacía, y que ya ha había narrado magistralmente Julio Llamazares en La lluvia amarilla, España está partiéndose en dos. Está surgiendo una brecha no en la frontera con Cataluña, sino entre el interior y las costas –con la excepción del agujero negro de Madrid, que tantas energías engulle.

Hace unos meses salí a caminar una mañana, muy temprano, por Muelas del Pan, una pequeña localidad del oeste de Zamora incluida en lo que ahora se llama Franja de Portugal. La noche anterior había fallecido una de las ancianas que allí quedaban, con una media de edad envejecida. Como en tantos otros pueblos, tampoco en Muelas hay tanatorio, y, para mi sorpresa, vi llegar un camión que se instaló en la plaza y enseguida se ensanchó desplegando unos paneles y formó un habitáculo hasta convertirse en un tanatorio con todas las comodidades para instalar el féretro, asientos para los familiares y hasta un pequeño servicio con frigorífico y cafetera: ¡un tanatomóvil!

«Para mi sorpresa, vi llegar un camión que se instaló en la plaza y enseguida se ensanchó desplegando unos paneles y formó un habitáculo hasta convertirse en un tanatorio con todas las comodidades para instalar el féretro, asientos para los familiares y hasta un pequeño servicio con frigorífico y cafetera: ¡un tanatomóvil!»

Aquella era una solución muy adecuada para organizar los funerales, pensé, puesto que ya se ha perdido la costumbre de celebrarlos en las casas y, por otra parte, ¿para qué iba nadie a construir un tanatorio, no en el pueblo, sino en una comarca en la que pronto, si continúa el abandono, no quedarán ni siquiera viejos?

Este suceso del tanatomóvil no es solo una anécdota de una modernidad que tramita con rapidez la muerte, sino una metáfora de la España vacía, en la que también se incluyen pueblos de Extremadura.

Pasajeros del tren extremeño tirados en medio del campo

Pasajeros del tren extremeño tirados en medio del campo / lavanguardia.com

Y ante este problema, surge la pregunta: ¿Qué se puede hacer para evitarlo?

La solución no es fácil. Ni siquiera las teorías de los clásicos ofrecen iluminación o pistas para orientarse. Ni Adam Smith ni Marx. De hecho, nunca comprendí las palabras del Manifiesto Comunista sobre el mundo rural: “La burguesía ha sometido al campo a la dominación de la ciudad. Ha creado ciudades enormes aumentando la población urbana en una proporción muy elevada respecto a la rural y con ello ha arrancado a una parte considerable de la población al idiotismo de la vida del campo”. Nunca entendí si estas frases criticaban a la burguesía por someter al campesinado, o si criticaban al campesinado por su “idiotez”, necesitado de la redención burguesa. Nunca entendí si Marx y Engels eran partidarios del arraigo en la tierra o de su abandono, aunque sospecho que en el fondo de esa ambigüedad latía su desconfianza hacia la mentalidad campesina, porque su revolución necesitaba encenderse con la desesperación de las grandes masas del proletariado urbano. Y el campesino, aunque en muchas ocasiones ha sido reducido por el poder a la más absoluta pobreza, casi siempre ha encontrado medios y provisiones que le impedían eludir la desesperación.

«La solución no es fácil. Ni siquiera las teorías de los clásicos ofrecen iluminación o pistas para orientarse. Ni Adam Smith ni Marx».

En mi opinión la respuesta es: INVERSIÓN PÚBLICA, en la misma igualdad de condiciones que la reciben, por ejemplo, la minería del carbón, la flota pesquera o los astilleros.

Y con esta petición de inversiones públicas y atención hacia las zonas de interior no haré una glorificación costumbrista de lo rural, ni atribuiré al campo la mitología de lugar sagrado donde residen “las fuerzas de la sangre y de la raza”, como se ha pretendido en determinados momentos históricos. Sé sus carencias y las opresiones que conlleva. Conozco las virtudes del campo, pero creo que nunca he pecado de un idealismo incondicional y sin crítica, de un romanticismo ingenuo que admire lo folclórico y lo pintoresco o que pretenda hacer un revival de trajes regionales y de costumbres arcaicas. La nostalgia es muy tramposa para desplegar fantasías y quimeras, pero no voy a caer en ella con un texto nostálgico sobre el ubi sunt las arcadias idílicas, ni sobre hortus conclusus de paraísos agropecuarios sin espinas ni escorpiones, porque las utopías son igualmente irrealizables tanto en la ciudad como en el campo, como nos enseñaron Tomás Moro o Georges Orwell. Sé que la hierba del prado no es tan suave como se ve en los anuncios, ni el aire de los sembrados es tan perfumado como sugiere la publicidad de los suavizantes. Sé que el campo no es solo un paisaje idílico, con atardeceres con nubes, con amapolas y mariposas, con prados y florestas. Ni está poblado por campesinos ingenuos y laboriosos y por pastores enamorados y garcilasistas que componen sonetos. Vivir del trabajo rural, a la intemperie, es duro y envejece prematuramente. La sentencia de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” es certera y provoca arrugas en el ceño antes de tiempo.

«En mi opinión la respuesta es: INVERSIÓN PÚBLICA, en la misma igualdad de condiciones que la reciben, por ejemplo, la minería del carbón, la flota pesquera o los astilleros».

 

2.

En Extremadura se necesitan inversiones públicas –que es algo muy distinto de la beneficencia-, pues no hay desarrollo solo con una casa rural aquí y otra allá, ni con el regreso a los pueblos de algunos vegetarianos y neorrurales que solo reconocen por dioses a Ceres y a Maia.

Ya sé que en una economía global de mercado, aceptada democráticamente por todos, no es el Estado –el Estado prótesis- quien debe hacerse cargo de las pretensiones de progreso y bienestar de cada ciudadano, ni tiene que acunarlos a todos en su seno proteccionista. Pero, en su más dura versión, la globalización, sin la mediación de los gobiernos, enfrenta al individuo –y a las regiones- con el Mercado todopoderoso y a menudo los deja inermes frente a sus intereses.

No es cierta la pretensión del liberalismo radical de que cuando el Mercado rige las relaciones económicas todo está en orden. Caeríamos en el fetichismo si dejáramos en manos de los mercados la construcción de un mundo más limpio, más próspero y más feliz. Y por fortuna, en los países más adelantados en la gestión de la riqueza social, la iniciativa privada y la intervención pública están trabadas en forma de ayudas a la agricultura, a la pesca, al carbón, a la industria.

«En su más dura versión, la globalización, sin la mediación de los gobiernos, enfrenta al individuo –y a las regiones- con el Mercado todopoderoso y a menudo los deja inermes frente a sus intereses».

No soy economista ni político, pero creo que hay al menos tres ámbitos de actuación donde, en Extremadura, lo político afecta a lo económico:

A. Por un lado, en la inversión en infraestructuras para un tren que nunca llega, que nos hace esperar eternamente en los andenes, como la Penélope de Serrat.

B. Por otro, en la inversión en las líneas del tendido eléctrico de alta tensión, en una tierra que tiene en las renovables uno de los escasos nichos de desarrollo.

Como se sabe, la ley establece que cuando la línea sea de alta tensión, es decir, de 200 o 400 kilovoltios, el tendido le corresponde a Red Eléctrica de España, de ámbito estatal. Cuando la potencia sea inferior a 132 kilovoltios, la instalación del tendido le corresponde a las compañías eléctricas. Y no se han podido llevar a cabo determinadas instalaciones de energías renovables por la carencia de inversiones en los tendidos.

C. En tercer lugar, por asuntos como el decreto que impide la expansión del cava extremeño.

«El abandono entra en un bucle funesto: en estas regiones, como no hay mucha población, no hay inversión en infraestructuras, y como no hay inversión en infraestructuras, ni se arraiga ni se atrae a una nueva población».

Sin intervenciones públicas como las de estos ejemplos, que aspiran no a un privilegio, sino a que esta región tenga la misma participación que otras regiones españolas en el reparto de los beneficios del progreso, el abandono entra en un bucle funesto: en estas regiones, como no hay mucha población, no hay inversión en infraestructuras, y como no hay inversión en infraestructuras, ni se arraiga ni se atrae a una nueva población.

De lo contrario, se cae en la trampa que tiende la globalización bajo el espejismo de la libre competencia y de la igualdad de oportunidades para todos. Pero una igualdad en abstracto, que no pone los medios ni las condiciones para hacerse efectiva, no permitirá ninguna modificación de los desequilibrios y solo prolongará el statu quo del dominio de las regiones más ricas, pues no puede haber libre competencia ni las mismas oportunidades entre quienes están desigualmente armados antes de comenzar a competir.

2019-12-13T12:35:27+01:00