la españa vacía sergio del molino reseña

Reforzar el mito

que pretende

desarmarse.

Por Layla Martínez.

© Turner Libros

Reseña de La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, de Sergio del Molino (Turner, 2016).

Hace unos días cerró la última tienda de mi pueblo. Los sesenta habitantes que quedan no son suficientes para que continúe abierta. Desde que recuerdo, he visto cerrar la herrería, la carnicería, la carpintería, la escuela y uno de los dos bares. También he visto abandonar decenas de casas, huertos, naves, olivares, silos, eras y campos de cultivo. Mi pueblo está en el interior de la meseta, en esa enorme extensión de terreno que abarca diez provincias y que han llamado la Laponia del sur porque tiene una densidad de población más baja que el norte de Finlandia. Las dinámicas de despoblación en esta zona han sido salvajes. En apenas un par de generaciones se han abandonado pueblos enteros. El éxodo de los años 50 y 60 rompió la sociedad rural de la meseta y en su lugar solo dejó casas a medio derruir y campos yermos.

Las razones del éxodo rural fueron muchas. El desarrollismo franquista necesitaba mano de obra barata para la industria y la construcción, y esa mano de obra estaba en el campo. Era necesario echarles de allí, y eso se hizo de muchas maneras. En mi pueblo, como en muchos otros, una de las causas estuvo en la reforestación de los montes con pino. El ecosistema de La Alcarria, que permitía producir un queso de oveja y una miel excelentes, fue destruido y sustituido por hileras de pinos. Desaparecieron los olmos, las encinas, los chopos, los saúcos, las mimbreras, los membrillos, los nogales, los majuelos, las moreras, los enebros. Debajo de los pinos no crecía nada. Los rebaños de un solo dueño y los colectivos —estos últimos llamados dulas— desaparecieron, las colmenas se abandonaron y el mimbre se dejó de trabajar. La promesa del franquismo había sido la explotación de la madera de pino, pero sesenta años después la mayoría de los árboles apenas ha alcanzado el metro y medio. No es su sitio.

La despoblación de la meseta también se hizo a punta de pistola. La Guardia Civil sacó de sus hogares fusil en mano a decenas de personas. Las infraestructuras y los planes de explotación forestal de la dictadura obligaron al abandono de decenas de pueblos. Esto apenas se cuenta, pero muchos aún lo recuerdan. En la memoria de la sociedad española, en cambio, lo único que queda como causa de ese despoblamiento es el mito del paleto que huye de la miseria para encontrarse con las oportunidades de la gran ciudad. Esas oportunidades no eran otra cosa que hacinamiento en chabolas, hambre y explotación laboral extrema, pero el franquismo no hablaba de eso. Era mucho más funcional alimentar el mito que hablaba de una España interior vacía y pobre, atrasada y lastrada por la miseria económica y moral.

Ese mito ha permanecido plenamente vigente hasta ahora. Como analiza Sergio del Molino en su libro, numerosas películas, documentales, libros y programas de televisión han seguido actualizando esa visión del interior peninsular, ese imaginario de la España profunda. El ejemplo de Las Hurdes es quizá uno de los más significativos. En el capítulo que dedica a esta región, Sergio del Molino analiza Tierra sin pan, el film de Buñuel que ha construido el imaginario colectivo sobre este lugar. En apenas media hora de duración, Tierra sin pan muestra niños llenos de moscas, personas enfermas y hambrientas, infraviviendas con suelos de barro, ruina y mezquindad, y esas imágenes siguen ligadas a la memoria colectiva sobre Las Hurdes. En cambio, la realidad es que Buñuel manipuló las imágenes:

«Sabemos, sin embargo, que el bebé transportado de un pueblo a otro para su funeral no estaba muerto. Que la niña de quien se dice que falleció poco tiempo después del rodaje vivió una vida larga, hasta 1996. Que los temblores parecidos al baile de San Vito de aquel hombre eran una escenificación para la cámara» (pág. 107).

Las Hurdes de aquella época estaban lejos de ser un lugar idílico, pero tampoco eran el infierno que pintó Buñuel. Aquello era solo un mito.

Sergio del Molino acierta al mostrar los alambres con los que se construyó y se sostiene ese imaginario de la España profunda, pero su libro adolece de un error bastante importante: refuerza el mismo mito que desarma. El autor no consigue salirse del mito de un interior español marcado por la penuria, la estrechez y el retraso, de la imagen de una tierra pobre y árida donde apenas puede producirse nada y en donde lo único sensato que se puede hacer es marcharse. Esto es evidente a lo largo de todo el libro, pero en mi opinión es especialmente grave en los momentos en que pasa la línea de lo ofensivo para la gente que vive en el campo. Quizá el ejemplo más significativo sea el capítulo en el que trata el crimen de Fago. En 2007, el alcalde de la localidad, Miguel José Grima, apareció muerto en un barranco con dos disparos de escopeta. Se detuvo a un vecino, Santiago Mainar, que finalmente fue condenado a veinte años de prisión. La investigación sobre lo sucedido desveló una larga historia de enfrentamientos con numerosos vecinos del pueblo, entre ellos el propio Mainar. Sin embargo, Del Molino desecha esta historia de enfrentamientos como causa del crimen y se lanza a buscar sus propias explicaciones. Para ello, recurre a teorías psicologicistas de baratillo que ciertamente hacen que el fragmento roce el absurdo. Una es la teoría de la privación sensorial, que dice que nuestras mentes se desequilibran cuando estamos privados de estímulos. Fago —que significa “haya” en aragonés— está situado en uno de los lugares más alucinantes de los Pirineos. Basta una vuelta por los alrededores del pueblo para poder ver osos, lobos o zorros, por ejemplo, además de flora de una riqueza impresionante. Me pregunto en qué se parece eso a estar encerrado en una habitación a oscuras y completamente insonorizada sin recibir ningún estímulo del exterior. Dar a entender que el crimen de Fago puede tener sus causas en la privación sensorial de los habitantes de las áreas despobladas da, cuando menos, risa:

«Sería difícil reproducir en un laboratorio unas condiciones tan idóneas. El invierno larguísimo, las mismas cuatro caras día tras día, el paso monótono y predecible de la máquina quitanieves por la carretera a las mismas horas. Los mismos pocos coches por la carretera» (pág. 92).

El crimen de Fago —un asesinato que tiene lugar después de años de enfrentamientos y procesos judiciales— podría haber tenido lugar en cualquier sitio, pero como se ha producido en un pueblo, Del Molino se atreve a explicarlo por el aburrimiento —así se llama el capítulo, “La ciencia del aburrimiento”— y la falta de estímulos. Si ese mismo crimen hubiese tenido lugar en una ciudad, nadie se hubiese echado las manos a la cabeza murmurando «madre mía, la España urbana, qué atraso, qué incultura». Como se produjo en un pueblo, sirvió para reforzar el mito de la España profunda.

Por supuesto, ese mito se sostiene sobre grandes dosis de desprecio y violencia. El habitante del mundo rural es el otro, aquel que es diferente a nosotros y por supuesto peor. Es el paleto, el atrasado, el inculto, el lastre. Es el que impide que el país avance, el que se niega a admitir que ya no tiene lugar en esta sociedad, el parásito que vive de las subvenciones y los subsidios. Cuando Donald Trump ganó las elecciones, en las redes sociales se difundió una imagen en la que el nuevo presidente de Estados Unidos aparecía con una gorra de la Caja Rural de Castilla La Mancha. Era un montaje, un chiste que pretendía hacer gracia. Trump no ha tenido ninguna relación con el mundo rural en toda su vida, pero representa todo aquello que es para nosotros el habitante del campo: el paleto, el conservador, el inculto. Aquella imagen era tremendamente significativa del imaginario que tiene la mayor parte de la sociedad española sobre los habitantes del mundo rural, de eso que mi padre llama “agrofobia”. Del Molino tampoco se libra de este desprecio. El ejemplo más ilustrativo es su visión de los neorrurales, aquellas personas que han crecido en una ciudad pero deciden trasladarse a un entorno rural. El autor afirma que todos los neorrurales que ha conocido están un poco desquiciados:

«He viajado a muchos lugares aislados y me he encontrado en ellos a personas de ciudad que construyeron casas hermosas, ideales. Muchos de sus inquilinos tenían el temblor de la paranoia en la esquina de los ojos […]. A veces encontraba a alguien feliz, pero era raro. En cuanto tomábamos el primer café y se olvidaban de que hablaban con un reportero, casi todos confesaban su arrepentimiento, y algunos decían que vivían asustados, que no dormían, que pensaban que cualquier noche de invierno alguien iba a irrumpir en su casa y les iba a matar […]. Quizá sean solo casualidades, pero fueron tantas que aprendí a reconocer ese delirio que aparece en los ojos de quienes han pasado más de un invierno en un pueblo de cuatro habitantes rodeados por kilómetros de nada» (pág 88-89).

No, no son casualidades: son prejuicios. Fobias. Es el mismo mecanismo mental que lleva a alguien a decir que todos los gitanos que ha conocido son delincuentes, que todos los inmigrantes son vagos. Revestir nuestro racismo de una experiencia subjetiva no nos libra de ser un racista. Revestir nuestra experiencia con la gente que vive en el campo de una experiencia subjetiva no nos libra de creernos mejores, más cultos, menos atrasados. No nos libra de despreciarlos.

El interior de la península ha sufrido un proceso de despoblación muy fuerte debido a diferentes razones, pero no es ni mucho menos un cadáver. No tengáis tanta prisa en enterrarlo. La España vacía está llena de pueblos, de gente, de pasado y de futuro. En un escenario de cambio climático como el que tenemos encima, no deberíamos pasar por alto tan fácilmente lo que hace la gente que nos alimenta y que sostiene los ecosistemas con su trabajo. Los que nos quedamos, los que volvimos y los que conocemos y respetamos el campo no dejaremos que lo sigáis enterrando bajo el peso de los mitos, bajo el peso del desprecio y el prejuicio. Aunque no podáis verlos, los cambios ya han comenzado. Como dijo hace poco María Sánchez en su intervención en unas jornadas de la Fundación Cerezales, lo verdaderamente revolucionario será hacer lo que hacían nuestros abuelos pero con los medios de ahora.

2017-07-06T10:50:57+00:00