Sofia Borges portraits 2008

Una lectura queer

de la prostitución.

Por Beatriz Gimeno.

© Sofia Borges, de la serie Portraits, 2008.

Es hora de que las feministas críticas con la institución prostitucional cambiemos completamente de paradigma argumentativo respecto a uno de los debates más antiguos, más enconados y más crispados que se vienen manteniendo dentro del feminismo y, quizá, más confusos. Nunca he podido entender cómo es posible que uno de los ejemplos más claros de mercantilización del ser humano pudiera ser defendido por personas que se dicen profundamente anticapitalistas, ni entiendo tampoco cómo es posible que uno de los negocios más lucrativos del mundo y más explotadores, uno de los que genera más dinero a las mafias, no sea ardorosamente atacado por personas que se dicen de izquierdas. También me cuesta entender cómo una institución creada por el patriarcado como uno de sus pilares, una institución que juega un papel fundamental en determinada construcción sexual y de los géneros, ha terminado siendo defendida por feministas.

A estas alturas del debate ya sabemos que las posturas favorables a la prostitución son las mayoritarias en los ambientes más radicales, de izquierdas, alternativos o queer.

Estas personas, radicales en todo y con voluntad rupturista en la política, no sólo no se manifiestan en contra de la prostitución como institución, sino que suelen entenderla como inevitable (y de aquí parece derivarse que es aceptable), y su acercamiento a ella es opuesto a su acercamiento a otras instituciones políticas que, a pesar de parecer también inevitables son, en cambio, combatidas con convicción. Por el contrario, parecen estar furiosamente en contra de la prostitución las meapilas, las feministas aburridas, institucionales y conservadoras, la gente conservadora en general y nuestros padres y abuelos; con estos adversarios no parece quedar otra opción si una es moderna o políticamente radical que estar a favor.

Pero, en mi opinión esto que vemos es sólo la apariencia de la realidad que es, por el contrario, casi la contraria y mucho más compleja en todo caso. La realidad pretende estar oculta pero no por eso está menos clara; en realidad, están a favor de que la prostitución siga existiendo e incluso de que se incremente muchos hombres, especialmente mucho más los conservadores y antifeministas que los igualitarios (según todos los estudios que se han hecho sobre los clientes estos son, mayoritariamente, conservadores y antifeministas, como por otra parte era lo esperable). También estarían a favor de la existencia de esta institución la gente religiosa que la ha aceptado siempre y que desde siempre la ha visto también como un mal menor y necesario para los hombres, siendo en cambio el feminismo el verdadero mal; por supuesto a favor estarían también quienes colaboran para que la prostitución exista y se incremente: las mafias internacionales que lo mismo se dedican a la trata de personas que al tráfico de armas… Y en general todas las personas que se mueven como pez en el agua en el heteropatriarcado capitalista del que la prostitución es un pilar.

Las razones de que este debate (me refiero únicamente al debate que se da en el seno del feminismo) se construya con presupuestos y argumentos que son lo contrario de lo que parecen y de que la gente esté también en el lado contrario de lo que en principio parecería lo esperable sería lo que habría que explicar en primer lugar, y no es una explicación fácil ni cabe en el espacio de este post.

Está relacionada con muchas cuestiones y de maneras complejas pero es posible que una de las razones de que esto sea así es que estamos hablando de sexo (aunque tampoco esto sea verdad; estamos hablando de sexualidad masculina que necesita que un cuerpo femenino se ponga a su servicio). En esta cultura, y como ya demostró Foucault, todo lo que tiene que ver con el sexo se reviste automáticamente de “transgresión” y es esta categoría la que llama a que alrededor de la defensa de la prostitución se congreguen personas que deberían estar en contra. Foucault también demostró que, en realidad, esta cultura no niega ni esconde el sexo, sino que, al contrario, lo multiplica para utilizarlo como gran mecanismo de alienación, control y normalización social; pero, para que dicho mecanismo funcione es necesario esconder su verdadera intención bajo los ropajes de lo transgresor, que es la manera de que sea asumido socialmente. Creo que la excepcionalidad con que se recubre todo lo que tiene que ver con el sexo es la razón principal de que en la defensa de la prostitución se junten muy extraños compañerxs de cama. Pero esa no es la única razón. En mi opinión el feminismo abolicionista sí parece a veces, o al menos una parte de él, aquello de lo que a veces se le acusa: antiguo, antisexual, poco empático hacia las mujeres que se dedican a la prostitución y socialmente conservador. En el feminismo abolicionista hay de todo pero es verdad que su discurso central se ha quedado anticuado mientras que a nuestro alrededor todo cambiaba.

Es necesario una nueva teoría feminista antiprostitución que incorpore lo que nos ha enseñado la teoría queer.

Para empezar, la prostitución no es sexo sino sexo masculino. Las mismas mujeres que se dedican a la prostitución ponen especial empeño en delimitar su propia vida sexual de su trabajo prostitucional. Poner el cuerpo a disposición de otra persona, no por placer, e incluso aguantando un intenso displacer, no es sexo, será una manera de ganarse la vida, pero no sexo. Sólo desde la fantasmagoría masculina más rancia pueden los clientes creer que ellas lo hacen por placer. Claro que ellos necesitan creer que es así, que ellos les proporcionan placer, porque esa ilusión forma parte de la masculinidad hegemónica. Si ellos supieran lo que ellas piensan de ellos probablemente muchos no podrían sentirse a gusto, gozar. Esta ilusión/mentira es necesaria porque si la prostitución sirve para algo hoy día, cuando es fácil conseguir sexo no comercial, es para resguardar un ámbito en el que los hombres más incapaces de incorporar la igualdad a sus masculinidades puedan aun (re)construirlas o fortalecerlas.

Carole Pateman afirma que está claro por qué se dedican las mujeres a la prostitución: lo hacen por dinero, el asunto es… ¿por qué lo hacen ellos (y cada vez más) cuando el sexo por placer está en todas partes?

Creo que es porque la prostitución es uno de los pocos espacios que quedan que permite a algunos hombres poder seguir ejerciendo una masculinidad hegemónica que el feminismo ha puesto en cuestión. Que es una institución patriarcal lo demuestra que los clientes son hombres y da igual que las personas que la ejerzan sean otros hombres, mujeres o mujeres transexuales. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a olvidar que la prostitución es algo que hacen los hombres (no las mujeres) y que eso es lo que tenemos que analizar?

Lo que hace la prostitución es poner en juego el cuerpo pero también todos sus símbolos y metáforas. La prostitución no trata de sexo porque si de sexo se tratara, una sociedad podría promocionar, por ejemplo, la masturbación no como sustituto de nada, sino como sexo en sí mismo, sexo en ausencia de pareja o, simplemente, sexo rápido y funcional, mera descarga física. Pero naturalmente no se hace así, sino que se legitima y promociona un tipo de sexo, de prácticas, de ideología sexual sobre las demás; una que es heterosexista, coitocéntrica y, sobre todo, jerárquica (siempre se negocia en condiciones de desigualdad) y patriarcal. La prostitución, en realidad, supone una especie de performance de género. Es un trabajo físico y emocional que está basado en una ideología muy determinada y que en su práctica requiere de determinados rituales, y todo con la intención de enfatizar el binarismo sexual, la supuesta complementariedad y la heterosexualidad.

Porque hay que entender el género no sólo –o no fundamentalmente− como lo que una o uno es (sin binarismo sexual el género no existe), sino, fundamentalmente, como lo que se hace y lo que se hace con otro/a. El género es sobre todo la relación que se establece con el otro/la otra.

Usar de la prostitución es el “hacer” sexual por excelencia en tanto que significa practicar el ritual que marca y fija la diferencia sexual, tanto emocional como física, social o económica. Mediante los actos performativos que se ponen en marcha cuando un cliente acude a una prostituta, este cliente puede (re)construir el sexo y el género tradicionales y así liberarse de la angustia que les produce a muchos hombres las exigencias del feminismo. En el acto prostitucional, ambos, él y ella, teatralizan las relaciones entre los sexos y los géneros y, sobre todo ello subyace, la consideración fundamental de la sexualidad masculina “hidráulica”, esa que considera a aquella como a una especie de fuerza de la naturaleza que necesita descargar, que considera esa descarga como un derecho de los hombres y, por tanto, una obligación de (determinadas) mujeres.

Recordemos por último en este brevísimo análisis que la prostitución es casi la única institución/dispositivo/trabajo/ocupación de las destinadas a reforzar la dicotomía sexual que no es reversible. Eso indica su centralidad en el mantenimiento de dicha dicotomía. Es imposible poner a los hombres en la misma situación de las mujeres que se encuentran en prostitución. En primer lugar no olvidemos que el 99.9% de los clientes son hombres, no importa el sexo de la persona que se prostituye; y, en segundo lugar, aun si tuviéramos en cuenta a las mujeres clientes (lo que no sería aceptable en ninguna otra discusión si tenemos en cuenta que son menos del 0.5% del total), tendríamos que admitir que aunque hay hombres que se dedican a la prostitución para clientas mujeres su performance no se sale un milímetro del guión tradicional de género. Ellos son hombres que hacen de hombres, ellos son putos pero hacen de hombres “de verdad”, vamos, que las follan.

Para que hombres y mujeres ocuparan posiciones similares en la prostitución ellos tendrían que ser vendidos por los traficantes, encerrados sin poder salir, obligados a venderse desnudos en las esquinas de las calles. Las clientas deberían poder sodomizarles con dildos u obligarles a prácticas no tradicionales o dolorosas o que ellos consideraran humillantes. Ellas podrían no pagarles, golpearles, violarles.

Si los hombres ocuparan en la prostitución la misma posición que las mujeres entonces no habría patriarcado y no estaríamos hablando de esto. No es posible cambiar los papeles porque la prostitución es una perfomance del sistema de género y un reaseguro de la masculinidad y feminidad hegemónicos. Por eso la prostitución tiene consecuencias en las vidas de las mujeres que se dedican a ella, pero tiene consecuencias en las vidas de todas las mujeres como género, y también en la vida de los hombres, ya que es ahí donde aprenden la masculinidad legítima.

Según estudio más y más la prostitución, más me pregunto cómo es posible que uno de los negocios mundiales más ligados a la globalización neoliberal y a la injusticia económica, que más dinero produce a las mafias globales que trafican con armas y personas, que compran gobiernos y medios de comunicación, uno de los más ligados a empresarios explotadores, sea defendido o, por lo menos, minimizada su importancia por personas de izquierdas; cómo es posible que una institución milenaria, creada por el patriarcado para beneficiarse de ella y someter a las mujeres, que disciplina la sexualidad, la afectividad y las relaciones entre hombres y mujeres, sea considerada como transgresora.

Creo que, cuando pase el tiempo y en este debate la gente se sitúe en su lugar natural, se comprenderá hasta qué punto este ha sido uno de los ejemplos de marketing político más exitoso del mundo.

Finalmente, me gustaría añadir que esto no prefigura la opción legal que se tome respecto a las mujeres que trabajan en prostitución. Como institución, ninguna feminista puede defenderla, pero todas tenemos la obligación de sentirnos solidarias con las mujeres que viven de ella. De ahí la enorme complejidad del tema para las feministas y una de las razones de que el debate lleve tantos años abierto. La única opción para terminar con la prostitución (o con “esta” prostitución, al menos) es invertir en igualdad.

Los hombres igualitarios, que ven a las mujeres como iguales, no usan de la prostitución, simplemente no podrían.

* Este texto vio la luz por primera vez en el número 1 del fanzine Sara Mago, especial Resistencias de género, publicado en octubre de 2012.

2017-07-24T17:55:00+00:00