Antonio Jiménez Morato

Antonio Jiménez Morato:

«A veces lo mejor es

no gustarle a ciertas

personas».

Una entrevista de Urbano Pérez Sánchez

SEGUNDA PARTE. Todos somos hijos del romanticismo. Visita a una cárcel argentina. La escritura como cicatrizante.

[Lee la primera parte de esta entrevista antes de continuar. Hablamos de Lima y limón, la espléndida novela de Antonio Jiménez Morato].

Quizás el efecto cicatrizante sea otra de las propiedades de este relato, que plantea una historia de amor muy del Madrid Centro (cenas en pisos de amigos, cañeo por El Rastro, mascotas urbanitas) en la que el protagonista muestra sin tapujos sus contradicciones: unas veces es un romántico que anhela verse reflejado en la persona amada; otras, un descreído con una visión del amor ligeramente frívola («En realidad siempre he pensado que todas estas conversaciones que se tienen al inicio de las relaciones se parecen mucho a los olfateos que se hacen entre sí los perros cuando se cruzan»).

Esa tensión con la que dibujas al personaje ¿surgía de forma natural en el momento de la escritura o había una faceta que se imponía sobre la otra y tenías que equilibrar? ¿Cómo es tu diálogo con el protagonista ahora que han pasado los años?

Supongo que ese personaje es una consecuencia lógica de mi edad y mis lecturas. O sea, es un ejemplo perfecto de tardorromanticismo o posmodernidad. A elección. Por un lado es, soy, hijo del romanticismo.

Seguimos todos sumidos en unos valores que tienen su origen en el Romanticismo, y eso no ha cambiado.

Lo que sí nos ha dado, entre otras cosas, la posmodernidad es mirar esa herencia con cierta ironía, con desapego. O sea, uno quiere esa tradición, la reconoce, pero al mismo tiempo la cuestiona. Creo que el personaje sigue siendo el mismo y mi relación con él es la misma. Cuando apareció la oportunidad de reeditar el libro lo leí de nuevo, claro, y lo corregí. Pero no toqué cosas fundamentales. Sobre todo en lo tocante al enfoque de la novela, a la construcción de esa voz única que cuenta una historia de dos.

No sé hasta qué punto los lectores se dan cuenta de que, siendo como es una novela que gira sobre ella es a él al que escuchamos siempre. En ese sentido es una novela machista y clásica, hija de toda una tradición.

Una tradición que se cuestiona porque se ve un poco absurda cuando se mira al espejo, pero que no deja de ser ella misma.

Hace unos años pensé en cambiar eso. Cuando salió la edición argentina me invitaron a un festival literario, bueno, en realidad la editorial me metió a capón porque uno tuvo la sensación desde el primer momento en que puse un pie en Córdoba que el organizador del invento no me habría invitado, pero la editorial logró que el Centro Cultural de España en Córdoba pagara el viaje y acababa de aparecer la edición allí, así que el organizador no tuvo otra salida que meterme en el programa. Pero, lo dicho, se veía que yo, o mi obra, tanto da, no le interesaba nada. Habida cuenta cuáles eran los otros invitados del festival uno casi lo agradece.

Conviene no olvidarlo: a veces lo mejor no es gustar a quien le gusta lo que haces, sino no gustarle a ciertas personas.

El asunto es que lo único interesante de aquel festival, además de conocer Córdoba, fue una visita a un centro penitenciario local. Nos llevaron a dos de los invitados al módulo de presos menos peligrosos de la cárcel de Córdoba. La experiencia fue única, de veras. No ya por el control de entrada, lo de tener que dejar todo aparato electrónico, sino ver cómo vive esa gente.

Uno no se hace una idea de lo que es una cárcel, y más una cárcel en un país con problemas presupuestarios como Argentina, hasta que no ve aquello.

El estado del edificio, las condiciones de vida, todo. Y la actividad en sí. La otra invitada les leyó un fragmento de su libro. Una novela bastante mediocre que suena por todos lados a plagio de Diamela Eltit pero sin la plasticidad declamatoria de la prosa de Eltit. Cuando uno lee por primera vez a Diamela no entiende nada, suena todo extraño y retórico, pretencioso, pero cuando uno la escucha leer se da cuenta de la intención estética de su prosa. Eltit publica libros porque creció en una era letrada.

Posiblemente los verdaderos herederos de Diamela [Eltit] sean los practicantes de spoken word, los que declaman frente al público.

Su sintaxis, sus repeticiones, todo tiene sentido cuando se comprende eso, cuando uno entiende que Lumpérica se concibió dentro de un grupo performativo que, entre otras cosas, realizaba acciones públicas en las que no había lectores, sino oyentes o espectadores que pasaban a ser cómplices, entre otras cosas, por las arengas que recibían. La epígono de Eltit, en cambio, les cascó a los pobres presos diez minutos de retórica leída con la misma entonación con que un niño de San Ildefonso canta la pedrea de la Lotería de Navidad. A mí me daban mucha pena. Yo me daba pena, sin entender qué hacía ahí teniendo que soportar esa cosa. Así que, cuando me llegó mi turno, les dije que no les iba a leer nada de la novela, no pensaba que mi función fuera leerles mi texto ahí a los pobres. No, les expliqué que esa novela, para mí, había sido, como bien señalas, cicatrizante, que pensar en ella y escribirla me había servido para ayudarme a entender cosas.

Y que el único motivo de mi visita a la cárcel era transmitirles eso, que escribieran. Lo de menos era bien o mal, que no pensaran que hay una literatura buena o una literatura mala, sino que hay una escritura que les puede servir a ellos para muchas cosas.

Para entender cómo han terminado allí, para entender cómo eso les hace sentir, para transmitirle eso a sus familias, a sus parejas. También para contar lo que sucede ahí, para quejarse, para poder rabiar hasta decir basta sin caer en la violencia. Les dije que la escritura para mí era, entre otras muchas cosas, eso.

Y entonces les leí un mail que me mandó una de mis ex, aparece nombrada en los agradecimientos, tras leer la novela. Algunas veces me he planteado incluir eso como epílogo del libro, la otra versión por así decirlo, que dialogue con el monólogo que es la novela.

Es un mail muy bonito, donde viene a decir que muchas de las cosas las recuerda iguales a como están contadas, y que a ella la novela, leerla, le sirvió para entender muchas cosas de nuestra relación, y en buena medida eso la impulsaba a pensar en lo nuestro, en qué había funcionado y qué no. En fin, cosas así. Un texto muy patético en el mejor sentido de la palabra, que remueve el pathos hasta decir basta. Más el mío que me sé coprotragonista de ese mail y detonante del mismo. Así que, con todos esos años de por medio, me siento un poco igual que entonces, y en buena medida creo que la intención que sobrevoló toda la escritura de la novela es la misma que yo encuentro en ese mail que les leí a los presos: la de ser patético en el sentido etimológico sin serlo en el sentido connotado del habla coloquial.

Ese mismo personaje decide llamar Alejandro a un arbusto que tiene en casa la chica con la que sale, porque está leyendo Bonsái, la novela del escritor chileno Alejandro Zambra. La de Zambra es también una narración breve que deconstruye una relación sentimental.

¿No crees que a la edición de La Moderna le iría bien una faja con la siguiente cita tomada de Bonsái: «Una relación plagada de verdades, de revelaciones íntimas que constituyeron rápidamente una complejidad que ellos quisieron ver como definitiva. Esta es, entonces, una historia liviana que se pone pesada»?

Sí y no. El problema es que ese «pesada» en boca de un chileno no significa lo mismo que enunciado por un español. Creo que una de las razones intrínsecas de Lima y limón es no ser pesada en ese sentido: aburrido, cansado, molesto. Sí que busca esquivar la idea de que todo puede ser tomado a la ligera, pero no en ese sentido.

Por otro lado, curiosidades, sé que una editora chilena, que accedió al manuscrito, hablaba de la novela como un clon de Bonsái.

Puedo entender la simplificación, pero al mismo tiempo viene a decir que no ha leído las dos novelas. No ha leído la de Zambra y no ha leído la mía, porque si se leen las dos se aprecia de modo evidente que no van por el mismo lugar. Novelas sobre relaciones las ha habido siempre, pero son otras las cosas, más allá del tema, que las diferencian. La cartuja de Parma pivota sobre lo mismo y, bueno, para qué decir más…

Continuará…

2017-06-21T18:17:28+00:00