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Viva la

blanca paloma.

Por Fernando Pérez Fernández.

© Fernando Pérez Fernández

Crónica otra de la Romería de El Rocío (Huelva).

1. Escribo desde Almonte. Aquí hay una importante población flotante de temporeros rumanos, varios cientos. También hay bastantes marroquíes y, en mucha menor proporción, polacos, búlgaros y de otros países. Sobre la puerta del garaje del supersol hay una pintada, solo una: «rumanos fuera». Los hijos de inmigrantes no van al Rocío, no montan a caballo, no pertenecen a hermandades (no conozco la política de matrimonios mixtos, aunque supongo que habrá represalias —me explicaron que «las ven rubias y más jóvenes, tan delgadas, y, claro, se rompen familias, ha dado muchos problemas en el pueblo»).

Los vecinos de la derecha son marroquíes y los hijos no ponen trap estos días, van a mi instituto y están adormilados por el ramadán. Tampoco tienen amigos almonteños «de los de verdad». Los almonteños de verdad son considerados brutos por muchos andaluces, tienen esa fama, salvo para los capillitas de Sevilla que tienen una virgen del Rocío en el retrovisor (del coche compartido), y están orgullosos de haber hecho intercambio de favores en su Semana Santa para poder acercarse a la valla que salta la virgen. Los almonteños en eso se consideran más puros, la música ha de ser la de siempre, la que remeda las promociones que suenan en el supersol. Mis vecinos del otro lado del patio y los de más allá llevan meses ensayando salves y otras piezas del repertorio, también el niño, siempre que su padre no esté gritándole a su madre (a veces la golpea). Mientras, al fondo, se tiran cohetes desde hace semanas para anunciar la fiesta y los perros callejeros aúllan.

2. En el barrio de al lado, de la Constitución (aunque lo llaman las Malvinas, por las peleas entre bloques reformados y por arreglar conforme las ayudas de la Junta y la UE, que los alcaldes del PSOE iban canalizando según se calculaba que votaban los vecinos), hay un parquecillo lleno de mierdas de perro en el que los adolescentes se fuman sus porritos desde media mañana. Seguirán con ello el jueves porque no tienen para faralaes o un sitio que alquilar; si se acercan será una noche ida y vuelta para rebañar botellas, a sacar algún tirito de escayola. A ver si tienen suerte.

3. Me cuentan en un viaje de Almonte a Sevilla que la «explosión del Rocío», su puesta de largo entre la fama y el «mundo del corazón» fue gracias a Mario Conde y unos trailers que llevó cuando estaba en su mejor momento, con cocineros y servicio uniformado, hasta una criada de cofia. Gracias a su círculo se empezaron a pinchar sevillanas y «musiquita tipo Azúcar Moreno» en algunas discotecas caras de Madrid y se le perdió un poco el desprecio a lo andaluz, una miaja, ya que no la condescendencia.

(Sofisticado viene de sofistería, de adulteración – retórica).

4. La vecina de la izquierda vive todo el año de alquilar un par de casas y limpiar pisos en la aldea, su hija fue una de mis mejores alumnos y no soporta la religiosidad como máscara de folclor como máscara de ese combinado de vasallaje feudal y capitalismo clientelista. Tenía un blog con pseudónimo donde anotar sus lecturas junto a, en párrafos escondidos, sus vivencias, dando retazos al sesgo de un patriarcado musculoso en su versión local (¡Viva la blanca paloma! Vid. el mural de azulejos junto al parque del chaparral, en el que no aparecen mujeres, etc.) y del racismo en sus compañeros (que me gritaron cuando intenté explicarles que ellos no eran blancos y que gracias a “los moros” teníamos flamenco, que no se callaron hasta que —bueno, da igual, las sevillanas seguro que no).

«Me gritaron cuando intenté explicarles que ellos no eran blancos y que gracias a “los moros” teníamos flamenco, no se callaron hasta que —bueno, da igual, las sevillanas seguro que no».

Algunos no van a selectividad hasta septiembre «porque el rocío es sólo una vez al año». Ella fue de curso en curso luchando por su beca para poder alejarse de esto e irse a Madrid, donde no se siente extraña y no la atacan por beber poco, pasar tanto tiempo leyendo y ser bisexual. Aquí no se atrevía a mostrarlo en público y andaba tristona; como su novio, que sueña con que lo fichen en google y nunca volverá. Con sus pocos amigos, ponían cuidado en cuándo no criticar la hipocresía de los fastos por “la divina pastora”: en sus casas viven de eso. Mucha gente vive de eso, de crear un parque temático en el que el antiguo régimen ha tomado anabolizantes. Como en aquella carta de Blanco White, todavía tocan campanitas ante el paso del Icono y la gente se arrodilla: al que no, lo llevan preso —lo arruinan, de una forma u otra—.

5. Es interesante si el crítico cultural no se pregunta por lo que está pasando con “el parque” (de Doña Ana), o con los rumanos que trabajan todo el día en la fresa, en unas explotaciones en las que se va demasiado rápido el agua que filtra la marisma (aunque, dicen, son los pozos ilegales…). En algunos balcones de casas humildes hay carteles en los que pone «AGUA YA».

Mientras, se prepara el Rocío, ya casi se ponen en marcha los caciques, sus antepasados montaron la explotación, preparan los arreos sus amigos de Sevilla y los menestrales de ambos. A algunos caballos no les quitarán la cincha en una semana, por mucho que suden, y unas pocas decenas caerán muertos. Son descendientes de los que montaban los apaches, los sioux, los spokane… Los ancestros de aquellas monturas vinieron de aquí.

6. De relleno, a lo mejor se acercan empleadillos de Huelva que hayan pedido el préstamo a cofidis (antes eran hipotecas) para permitírselo. Hasta entonces, llegan palés de botellas de ron, whisky y ginebra al supersol, siempre se acaban.

7. A las 12 frente a la hermandad matriz que todo lo controla, encuentro entre ramos de flores a los discapacitados de la asociación La canaliega. Algunos adultos hacían bromas señalándolos, pidiendo otra ronda de cañas —hasta mañana no salen— mientras vigilaban a sus hijas de 8, 10 años, con trajes de luces bien ceñidas hasta el suelo, antes de echarse a desfilar tras del simpecado y de los niños que tocan el tambor. Sonaban los cohetes. Muchas calles ya estaban cortadas.

Escolios a 6.700 Km.

Nota 1. Frente a los contenedores soterrados, a 50 metros, había otra pintada: «Nativa o extranjera, la misma clase obrera». Después de verla, V. me preguntó que por qué no la había recogido en la entrada de Facebook [en la que el autor publicó originalmente este texto] y sentí cierto remordimiento por ese olvido. Me estaba desahogando.

Sobre esa misma tapia, una empleada del supersol deja restos de pescado para los gatos que se refugian en el solar del otro lado, aunque sabe que se arriesga a una multa.

«Nativa o extranjera, la misma clase obrera».

Nota 2. La tarde en que Trump daba su discurso inaugural, aturdido, al sacar la basura cerré la puerta de casa con las llaves puestas en la cerradura, por el lado de dentro. Habían arrojado varios huevos contra la asociación de South Bend (Indiana) en la que V. ayudaba a hijos de inmigrantes latinos a hacer los deberes, y no sabían si era una travesura o un ataque, como la pedrada del día anterior. En una residencia de la universidad junto a la que ahora escribo, varios estudiantes con máscaras habían llamado de madrugada a la puerta de un dormitorio entre risas y aullidos, «por fin te van a deportar, vuelves a África». En otro dormitorio de otra universidad, la compañera de cuarto de una puertorriqueña había hecho la broma de dividir la habitación en dos, con una muralla de objetos sobre la que había un cartelito «Aquí está el muro, Lizzy». Había más anécdotas: gritos desde los coches, alguna paliza, amenazas, suficiencia e hybris de los supremacistas.

Acababa de hablar por teléfono con V., estaba escuchando el discurso en el móvil y me quedé encerrado fuera de casa. Los vecinos permanecieron horas conmigo en la calle, intentando abrirla con un trozo de plástico cortado de una garrafa de agua, un alambre, una radiografía (por fin, pero nada), echándole aceite y trayendo refrescos, embutidos de cena. Me ofrecían sus casas para dormir (el tópico de la hospitalidad), me distraían entre todos, no hablaban de América. Uno de ellos, que trabajaba en la obra, saltó por el tejado adyacente al patio interior y abrió desde dentro. No quiso aceptar vino, quesos o aceite, nada, «ya tengo, ya tengo, ya tengo de eso. Gracias».

Nota 5. El fin de semana del incendio, uno de mis alumnos pasó las dos noches «tranquilizando a los animales». El patio se llenó de cenizas y alas de insectos carbonizados.

2017-07-12T11:24:32+00:00